|
La Calle
|
| Año V. / | |||||
Memoria del Crononauta Llegado desde un país utópico donde es necesario caminar hasta la fuente de la plaza para beber agua fresca, cosechar con las propias manos el trigo dorado que da la cotidiana hogaza de pan, hilar el vellón de la oveja propia, tejerlo, teñirlo y adornarlo antes de cubrirse con él, despertar con el sol y dormir cuando oscurece después de haber dado las buenas noches al primo que nunca se casó, al abuelo, la abuela, el bisabuelo, la esposa, los hermanos, los hijos, los sobrinos y las cuñadas, el hombre afortunado que salvó el pellejo porque supo escuchar a tiempo los ecos de las botas de sus frustrados asesinos, el elegido, el refugiado nuevo, tomará cierto tiempo - entre dos semanas y el resto de su vida - para comprender que el destino le deparó el papel de testigo y tardío combatiente en la más espectacular batalla humana jamás emprendida: en furiosa lucha que dura ya dos siglos contra la Naturaleza, el artífice de este ambiente cibernético no sólo intenta dominarla y transformarla, sino destruirla y negarla. ¿Quién no ha visto las caras pasmadas - las bocas, literalmente abiertas, y los ojos, entre curiosos y esperanzados - de los que llegan trayéndose en sus canastillas de mimbre y sus atados de trapo el alma de su patria, y salen por primera vez a la luz del nuevo sol débil que ilumina apenas el continente de cemento? La otra ausencia que contribuirá a sus temores será la de la tierra: la tierra desfallece aquí debajo de una capa hedionda de petróleo petrificado y emerge apenas en algún rincón lejano, sucia y violada, maltratada y enclenque: alguien depositó un tarro de barro auténtico en una tinaja de plástico para apuntalar una hermosa planta de grandes hojas verdes que ni huelen ni crecen, ni mueren ni viven... Sólo dicen "Made in Taiwán" en su base, un tronco falso de metal forrado en papel madera sucio. Extrañará más aún el olor de sus campos al amanecer porque en este amanecer en que llega le hiere ya las narices el eructo de azufre - "¡Contra, Satanás, contra!" - creado por los cien mil vientres del amo de este mundo, amo que ruge, hipa, gime y late, corre y truena, tose y eructa, empuja y aplasta, reduce al bípedo parlante a la mera categoría de esclavo: la máquina ya no es el simpático camioncito de las verduras y los periódicos que llevó el progreso al dormido villorrio de su juventud; ahora es un monstruo desvergonzado, abusador, brutal y violento, amenazador siempre en su millón de versiones que han cubierto el cielo con sus negros vapores. Porque los que el Crononauta mira circular ante su ventanilla ya no son como él: son mutantes, y si bien él podría aceptar con cierto esfuerzo todos los cambios de todas las cosas - los de las horas, los del día y la noche, los olores, los colores y los sabores - lo que le cuesta tal vez demasiado es aceptar estas presencias siempre anónimas que ni lucen ni son como él, que no quieren serlo y que se esfuerzan más bien y se desviven por ser como esos monstruos agresivos, eternos y rugidores, las máquinas. Hombre acostumbrado a servirse de las manos para ganarse el pan, verá ahora que hay muchas, tal vez demasiadas manos para hacer lo que él saber hacer... Si es que no descubre pronto que ya nadie necesita lo que él sabe hacer. Buscará entonces medios para entrenarlas en nuevos menesteres y, por supuesto, los hallará en un mundo donde todo se puede hallar. Si no puede pagar por su aprendizaje, se lo darán gratis. Si puede, pagará una porción: la cuestión urgente es ayudarlo a incorporarse, ayuntarse lo más pronto posible a la máquina, y aprender a gastar. El día en que pierda la costumbre de imitar a las gallinas para guiarse por el sol y pueda dormir a cualquier hora y despertar a cualquier otra porque la máquina vive una sola, larga jornada, sabrá finalmente que ha dejado atrás y para siempre el mundo de sus gallinas y es, por fin, ente de la metrópolis: se habrá convertido en su propio nieto y habrá dado en dos años un salto de tres generaciones. Descubrirá también que menuda gracia le hace ese descubrimiento pero, siendo lo que ahora es, hará como los demás y gritará que nunca quiso ser otra cosa. Mirará con sospecha los frutos frescos de la tierra, cosas sucias que rechazará siempre que pueda beneficiarse del contenido de una lata sin abollar; habrá dejado atrás las frágiles sandalias de su niñez para preferir las botas indestructibles del que pisa ácidos, grasas, azufres y aguas turbias, habrá canjeado la camisa abierta y amable de algodón blanco y fresco por la camiseta resistente que se asocia con la camisa dura pintada de un arco iris esquizofrénico y la casaca que calienta pero deja pasar la lluvia, el amplio pantalón anudado a la cintura por el jeans indestructible que es ya su segunda piel y el sombrero panamá por el casco de metal con el que a veces hasta puede dormir y que protege portentosos monumentos capilares sin los que se sentiría desnudo. Verá ahora que su piel, que baña cada vez que despierta, adquirió el tono de los brazos de plástico de la muñeca de su hija; será piel limpia, pero le extrañará verla de caucho; verá también que su rostro, que él conocía tan bien, ha dejado lugar a una máscara, y que es el rictus de la agresividad, la belicosidad, la suficiencia, el desprecio cierto o fingido para los demás; se verá lupino; su nueva cara habrá adoptado el duro gesto de quien alcanzó una conciencia cierta de que los demás, todos los demás, son nuestros enemigos, y de que el deber propio y prioritario estriba en estar siempre listo para vencerlos, para reducir esos enemigos a polvo bíblico o, como dice ahora él mismo, tan groseramente exacto, a caca de canario. Habrá aprendido, no sin dolor, que todos los lazos humanos son pasajeros, y que en realidad es tonto valorar nada que no sea el placer propio, es insulso el propio sacrificio periódico a cambio de ambiciones ajenas por sanas que parezcan, que nada es más valioso que el tesoro de sensaciones que ofrecen las cosas y las substancias, desde el olor del auto salido ayer de la fábrica hasta el perfume de la niña que cambió anoche y mientras dure por la mujer buena pero vieja ya que llegara con él; por otra parte, es bueno que así piense porque así piensan los demás y, de no poder cambiar, será pronto el abandonado y no quien abandona; andaría por allí con un gesto triste y se vería perdido, sería presa fácil de los que le empujaban por las veredas en sus días primeros y que hoy, porque no hay mal que dure cien años, pueden leer en sus ojos y en sus puños dispuestos los riesgos del simple intento de empujarlo. LQSomos. Arturo von Vacano. Julio de 2008 |
|---|